La memoria es la única mentira que nos podemos permitir. Encuentro Virtual de Archivos Disidentes8/6/2026 El pasado miércoles 5 de agosto de 2026 se llevó a cabo el Encuentro Virtual de Archivos Disidentes: "¿Cómo guardas lo que guardas?" organizado por la Bibliotecacuir de Chile. Participaron Joanna Leoni (@jooleoni), Faísca - Archivo de la Memoria Trans de Santa Catarina (@faiscamemoria), Guille Mongan (@guille.mongan), de Serigrafistas Queer (@serigrafistas_cuis) y Beto Pérez (@animaleinstein), de Comunidad Cepa VIH (@cepa.comunidad). Compartimos con ustedes una versión extendida del texto presentado. La memoria es la única mentira que nos podemos permitir. La pregunta que Paul Preciado lanza al aire sobre si una cartografía forma parte de los diagramas del poder sobre el sexo o si puede actuar como una máquina de transformación política, constituye un punto de partida ineludible para situar la experiencia del no-archivo que se encuentra en cepa. Históricamente, las cartografías han operado como una taxonomía de categorías legibles y mutuamente excluyentes, donde el cartógrafo, a menudo, termina emitiendo las mismas sentencias que un policía de la historia cuir. En esta lógica, lo que no puede ser mapeado bajo los términos de la visibilidad liberal simplemente no existe o es procesado como una falla. Para nuestra comunidad en Tlaxcala, donde más del 90% de quienes participan no viven de manera pública/visible su diagnóstico, el archivo se presenta no como un inventario de verdades para ser expuestas a la mirada del Estado o la academia, sino como una desobediencia ontológica que reclama su derecho a la opacidad. Esa opacidad no es una renuncia a la historia ni una incapacidad para decir. Es una posición política frente a un mundo que insiste en convertir toda vida disidente en materia legible, administrable y, eventualmente, consumible. Por eso nuestra negativa a realizar una exposición artística, por ejemplo, o a entrar prematuramente en las lógicas del museo no responde a una falta de ambición pública, sino a una comprensión muy clara del tipo de traducción que a menudo se nos exige. Frente a esa pulsión de transparencia que inmoviliza la experiencia en un objeto de consumo cultural, nosotres encontramos silencios y ausencias como procesos microhistóricos fundamentales. Tlaxcala es el estado más pequeño de México: no hay periódicos, fotos, ni producción audiovisual tan abundante que hable de una Historia, así con mayúsculas, de la forma en que lo hacen las capitales globales. Aquí hay historias que solo pueden sostenerse fuera de la historiografía oficial, quemando simbólicamente los límites de la institución: pues no hay documento que dé testimonio de la experiencia que se produce la intimidad de una anécdota pequeña. Y es tal vez ahí donde radique parte de su verdad. Esta práctica se acerca a lo que Ann Cvetkovich llamó un archivo de sentimientos. Pensar el archivo desde los sentimientos no significa oponer afecto a rigor, sino reconocer que muchas experiencias históricas no pueden reducirse al dato, al expediente ni a la cronología. El trauma no es solo una patología clínica que espera una cura narrativa coherente; también es base para la producción de culturas públicas torcidas que no necesitan la validación de la mirada médica o institucional para existir. En nuestro caso, guardamos lo que guardamos no tanto por lo que puede ser mostrado, sino por lo que puede ser sentido en el vínculo. Es el vestigio de una historia interrumpida, dispersa y, sí, profundamente afectiva. No ordena una genealogía lineal del VIH en nuestra comunidad, sino que preserva restos, modos de acompañamiento y texturas de experiencias. Por eso el silencio ocupa aquí un lugar central. Quiero insistir en esto porque muchas veces, desde afuera, el silencio se interpreta como carencia: como “algo que la política de la visibilidad tendría que corregir”. Pero para muches de nosotres, guardar silencio no es un fracaso. Es una manera de detener el tiempo frente a la velocidad del mundo exterior, de modular la exposición, de evitar que la experiencia sea inmediatamente absorbida por aparatos que la vuelven evidencia o mercancía. El silencio no nombra solamente al estigma; también nombra una forma de cuidar lo que aún no quiere o no debe salir por completo a la luz. En ese sentido, guardar silencio no es una carencia del archivo, sino una de sus formas. Y precisamente aquí aparece una pregunta que me interesa mucho: ¿cómo podemos crear mejores políticas y prácticas para incluir a personas seropositivas en proyectos de investigación —artística, académica, médica, etc.— indistintamente de la visibilidad de su diagnóstico, y no solo como objetos de estudio, sino como productores y autores de conocimiento? Sé que la respuesta inmediata suele ser el anonimato. Y sí: el anonimato ha sido, y sigue siendo, un refugio necesario. Ha protegido integridades físicas, laborales y familiares. Pero también quiero problematizar esta solución, porque en la práctica el anonimato, cuando se piensa como única respuesta, puede convertirse en una barrera estructural que aleja a muchas personas de procesos de participación, reparación y construcción política. A veces resuelve el problema institucional del riesgo, pero no el problema comunitario de la exclusión. El anonimato, insisto, a veces permite que alguien aparezca en un proyecto, pero solo bajo la condición de ser casi imperceptible y, sobre todo, de no reclamar autoría. La pregunta entonces no es solo cómo esconder nombres, sino cómo transformar las condiciones mismas de producción de conocimiento para que la participación no dependa de la visibilidad total. Para nosotres, esto pasa por una exigencia de justicia epistémica. Es decir, colapsar la jerarquía extractivista entre investigadore e investigade que ha dominado tantos proyectos sobre VIH. Y aquí aparece algo que también quiero nombrar: esta forma de archivar es, al mismo tiempo, una evocación de una poética que desobedece la lógica de un mundo académico que nos pide coherencia lineal: una verdad comprobable y disciplinada. Porque nuestras memorias avanzan por desvío. En México, por ejemplo, cuando alguien te quiere contar algo, tú dices: “cuéntame y exagera”. Me gusta mucho esta política. Me gusta pensar que una sobredosis de verdad también provoca una ficción, y que en ella surja una forma de poesía. Es darle a la experiencia el tamaño afectivo que realmente tuvo, aunque no quepa en las medidas sobrias del documento. Hay una verdad que solo aparece cuando la memoria se permite contaminarse y perder la exactitud para ganar intensidad. Por eso nos interesa también pensar formas creativas de enfrentar la barrera estructural que impone el estigma más allá del anonimato clásico. Una de nuestras respuestas ha sido la creación colectiva de personajes que colapsan varias personas en una sola voz. No se trata de inventar para ocultar una falta de verdad, sino de producir una ficción política que permita nombrar experiencias reales sin revelar aquello que se desea mantener en la opacidad. En lugar de borrar la voz, se inventa una voz común. En lugar de exigir el nombre propio, se habilita una autoría compartida. Esta práctica nos permite incluir a quienes no viven públicamente su diagnóstico sin condenarles ni a la exposición total ni a la desaparición textual. Reivindicamos así el derecho a la ininteligibilidad como fuente de autonomía política frente a las demandas de legibilidad del Estado, del activismo liberal y del mercado del arte. Nuestra metodología, en ese sentido, es conservar sin capturar. Para pensar esa paradoja, nuestro archivo se ha apropiado del término clínico “reservorio latente”: ese grupo de células infectadas que no producen partículas virales activas, pero persisten en el cuerpo. Para cepa, el reservorio es la metáfora de una memoria inactiva para el ojo externo, pero no para su comunidad. Lo que desde fuera puede parecer ausencia, desde dentro funciona como latencia. Lo inestable y lo vulnerable se vuelcan en una llaga que no buscamos curar para regresar a una normalidad que nunca nos perteneció. Nosotres decidimos habitar esa herida como un sitio de escritura. Escribir sobre la llaga nos permite transformar la calamidad en un don y habitar la incertidumbre sin pedir permiso. Este proceso de archivo no quiere cerrar una versión definitiva de la historia, ni producir un repertorio exhaustivo de identidades seropositivas. Se activa como una práctica afectiva de cuidado que permite enunciar que hemos estado aquí, sin actas oficiales que lo digan. Es una táctica que prefiere la ininteligibilidad porque sabe que uno de los peligros de las cartografías sobre minorías es convertirse en un archivo de víctimas que solo sirve para “estetizar” la opresión. Nuestro archivo quiere ser otra cosa: un lugar de lo íntimo, de lo que no siempre se puede verificar. Y por eso me interesa terminar no con una conclusión cerrada, sino con una invitación práctica. Si la pregunta “¿cómo guardar lo que guardas?” no se responde solo con técnicas documentales, tal vez pueda ensayarse también como ejercicio corporal, comunitario, poético.
Me gustaría invitar a las personas a hacer un pequeño ejercicio de cómo guardar desde una poética comunitaria. La idea es muy sencilla, pero exige paciencia. Reúnanse en un espacio y pongan una fila de sillas; ojalá sean al menos cinco personas. La primera le contará en secreto a su compañere próxime una parte de su historia personal como persona de la disidencia sexual o seropositiva. Quien escucha tendrá la obligación de contarle a quien sigue esa historia, pero no como quien repite mecánicamente, sino tomando en cuenta qué partes han resonado y empezar a mezclar su propia historia con la escuchada. Así sucesivamente, la historia va pasando de cuerpo en cuerpo, transformándose. Los detalles cuentan. Esto es un ejercicio de paciencia. Tómense el tiempo para hablar con detalle y para recordar con detalle. No se vale escribir. Al final, la última persona se levanta y cuenta al grupo su historia como grupo. No su historia individual, sino la historia que el grupo produjo al mezclar recuerdos, afectos, exageraciones, olvidos y desvíos. Me interesa mucho ese ejercicio porque pone en escena la clase de archivo que estamos tratando de defender. Un archivo donde la verdad no depende de la fijación exacta del dato, sino de la persistencia de la resonancia. Un archivo donde la historia no pasa intacta, sino transformada por el vínculo. Un archivo donde el detalle no se opone a la invención, sino que la alimenta. Un archivo donde la exageración no necesariamente miente, sino que a veces dice mejor. Un archivo, en suma, que se guarda en los cuerpos antes que en el papel. Al final, en cepa no hay sujetos fijos; hay gestos, ecos, personajes y vínculos que resisten a desaparecer. Guardar, entonces, no es inmovilizar la vida, sino permitir que siga latiendo donde el mundo no esperaba encontrarla. Referencias bibliográficas. Bénard Calva, S. M. (Ed.). (2019). Autoetnografía: Una metodología cualitativa. Universidad Autónoma de Aguascalientes; El Colegio de San Luis. Bouteldja, H. (2017). Los blancos, los judíos y nosotros: Hacia una política del amor revolucionario (A. Contreras Castro, Trad.). Akal. Cvetkovich, A. (2018). Un archivo de sentimientos: Trauma, sexualidad y culturas públicas lesbianas (J. Sáez, Trad.). Edicions Bellaterra. Halberstam, J. (2018). El arte queer del fracaso (J. Sáez, Trad.). Egales. Preciado, B. (2008). Cartografías queer: El flâneur perverso, la lesbiana topofóbica y la puta multicartográfica, o cómo hacer una cartografía "zorra" con Annie Sprinkle.
0 Comentarios
Deja una respuesta. |
Archivo |